Leo a Chesterton: “el lugar donde nacen los niños y mueren los hombres, donde la libertad y el amor florecen, no es una oficina ni un comercio ni una fábrica. Ahí veo yo la importancia de la familia”.
Los niños –aunque lo son–, no se sienten ciudadanos: se sienten hijos. A esa llamada responden, no a ninguna otra; con esa condición se identifican. Un anciano “ciudadano de a pie” es una entelequia política. El anciano concreto es abuelo, sabio, patriarca, cuentacuentos, “batallitas”. Un anciano es un ser acompañado, no un número “B4” en la sala de espera de un ayuntamiento o de un ambulatorio.
El anciano no quiere eficacia, quiere cariño, conversación. El niño no quiere derechos, quiere abrazos. La familia, la familia.
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